La vida y la muerte de la señorita Amy fueron una bomba de tiempo a la que sólo le hacía falta detonar; hoy, el voluble equilibrio que sostenía su enloquecida vida en este mundo de quimeras y demonios fue roto en mil pedazos.
Se rompió un hechizo que desde hace varios meses se estaba desvaneciendo; rodeada por sus adicciones, las decepciones personales y el acoso de la sulfúrica prensa de farándula británica, la señorita Amy relamió las mortales heridas de su decadencia.
Frágil como una niña que perdió repentinamente la inocencia, inmersa en el wild style de una industria musical dominada por drogas, alcohol y amistades dudosas, y constantemente señalada por su errático comportamiento, su excéntrica imagen personal y su dramática pérdida de peso, la señorita Amy vivió los últimos años de su corta vida semi-retirada de la música, sin querer ser ayudada a renacer y resignada a seguir hundiéndose en el pozo sin fondo de su propia fama.
Hoy, la señorita Amy murió en su departamento londinense. Como Robert Johnson en Greenwood, como Jim en París; como Jimi en Kensington, como Brian en Hartfield; como Janis en LA y como Kurt en Seattle, tenía 27 años de edad. La fortuna, de caprichosos encomios, le reservó un rincón en camposanto de titanes.
Duerme tranquila señorita Amy; la tormenta ha terminado. Tus alas perdidas fueron redimidas, ahora ve y vuela libre. Ángel liberto, musa maldita, voz de estrellas, tu recuerdo y tus canciones vivirán hasta el fin de los días.
