Cuando aparecieron los Vazquez Sounds como fenómeno de Youtube, hubo tres detalles que me taladraron el oído y me perforaron el estómago: el hecho de que la canción que estaban interpretando en aquel video viral era "Rolling in the Deep" de Adele, el timbre irritante de la voz de la niña cantante y el jolgorio que se armó durante las semanas posteriores a la salida de este sencillo.
En México, algo bastante común es "aventar las campanas al vuelo" con demasiada antelación, y en cuestiones del talento musical no es la excepción. El vox populi tiende a derretirse con halagos hacia cualquier cambio en la rotación radiofónica, la payola remata y la radio engaña; la industria musical está más cercana a ser línea de producción que a fábrica de maravillas, donde la forma trasciende por encima del fondo. La decadencia de la industria en comparación al empuje de la distribución en línea y de las disqueras independientes se debe a que sus productos ya no cumplen con las expectativas de los escuchas y a que la piratería termina por mermar sus pocas ganancias.
¿Qué es lo que ha sucedido con los artistas de la industria en países con estrecha oferta musical? Se recurre a refritos de viejos éxitos, los "tributos" a la Frankenstein están en demanda. Se homogeneizan las fórmulas y la libertad creativa se degolla, productores como Timbaland y Pitbull se ponen de moda. Los headhunters dejan de asistir a bares y se meten a navegar en MySpace, retoques más, retoques menos, el simulacro de un éxito espontáneo. El cantante que México ha estado esperando podría ser un alumno de La Academia o de La Voz, donde lo populachero y lo lacrimógeno terminan por triunfar.
De los escombros de la música pop mexicano, así como de sus notables excepciones y guilty pleasures personales, podemos hablar en otro momento, mejor adentrémonos en el fenómeno que hoy me interesa y me anima a escribir.
*****


