Hace sesenta y nueve años un chico cayó en la Tierra como una estrella fugaz. Aterrizó en el lecho de una familia de Brixton, al sur de Londres; su padre fue un trabajador social, su madre mesera y acomodadora de cine. Creció en la Inglaterra gris de los años de posguerra siendo un niño prodigio que muy pronto conocería las pasiones que desarrollaría en su vida: el arte, el diseño y la música. También tenía vena de chico noviero y pendenciero; en una pelea de chicas con un amigo (el ilustrador George Underwood), recibió la lesión ocular que marcaría su estampa para siempre, la anisocoria que dilató su pupila izquierda y destiñó su iris. Un camaleón de pinta marciana había surgido en el Londres profundo; su destino estaba marcado, sería un héroe para toda la eternidad.
Aquel chico que transformaría a la cultura popular para siempre fue bautizado como David Robert Jones; hoy lo conocemos, admiramos y lloramos su muerte terrena con el nombre de David Bowie. Cuatro sílabas que son la tectónica de una época bendita, el sinónimo más sonoro de vanguardia pop; en sus numerosas facetas y reencarnaciones, fue algo más que una leyenda del rock británico, fue el ícono más heterogéneo de innovación y exploración artística que haya visto la cultura durante los últimos cincuenta años. Bowie fue un motor inmóvil de innovación, un creador de tendencias sin parangón; más allá de las modas y los calendarios, su nombre y su imagen cambiaban el juego con un solo golpe de timón, el presente y el futuro los hacía uno solo.
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