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Si la justicia se
tratara de cobrar venganza, no sería justicia, sería una suerte de Ley de Talión
donde todos nos sacaríamos los ojos antes de salir de la caverna, donde sólo
los tuertos serían capaces de conocer el camino hacia la verdad. Podría estarse
enjuiciando a un pacifista impoluto como Mahatma Gandhi, o al peor de los
genocidas como Adolf Hitler, pero el principio básico de justicia en ambos debe
radicar en la custodia de sus derechos humanos, en que haya una protección
imparcial de sus garantías individuales, tal como está ordenado en la gran
mayoría de las constituciones de los Estados contemporáneos.
Después de mucho
procrastinarlo, después de que Felipe Calderón le haya bajado la cortina y poco
tiempo después de que cambiaran los gobiernos de los dos países involucrados, México
y Francia, que vivieron tensiones en sus relaciones diplomáticas con graves
consecuencias, el caso de Florence Cassez encontró una solución. Hoy, la
Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación dio visto bueno, por
votación de 3 magistrados a favor por 2 en contra, al proyecto de la ministra Olga Sánchez Cordero para conceder un “amparo liso y llano” que liberaría de su
sentencia a la ciudadana francesa Florence Marie Louise Cassez Crepin, que
cumplía 60 años de prisión por el delito de secuestro. Con
unos cambios de último minuto, basados en el proyecto anterior del ministro
Arturo Zaldívar, logró alcanzar la mayoría necesaria para avalar
ese proyecto, la cual pudo darse con el voto del incipiente ministro Alfredo Gutiérrez.
Diciéndolo con
frialdad, Cassez no fue liberada por ser inocente de los delitos que le
inculpaban, sino por la corrupción del sistema judicial mexicano que no le
garantizó el derecho a presunta inocencia y que no la presentó ante la
autoridad inmediatamente después de su detención, prestándola ante la sed
sensacionalista de los medios televisivos, atropellando sus derechos
fundamentales. El hecho de que esta escandalosa controversia haya sido llevada
a las salas del máximo tribunal de nuestro país es una clara muestra de que los
procesos legales son flagrantemente evanescentes, donde no se conocen sino
medias verdades amañadas por procesos deformes. Visto desde este punto de
vista, su expareja, Israel Vallarta, líder de la banda de Los Zodiacos, podría
acceder también al mismo recurso; para bien y para mal, sus presuntos cómplices
no fueron objeto de presión internacional y tensiones diplomáticas, pero
tampoco fueron rehenes de la esquizofrénica simulación televisiva del recién
concluido gobierno panista.
Más allá del hervidero
de opiniones de las redes sociales, donde la francesa es vista en medio de
contrastes que están dividiendo la opinión pública entre quienes se indignan de
nuestro marco jurídico y quienes deseaban la prisión definitiva de Cassez,
debemos discutir las consecuencias que quedarán en la mesa gracias a esta
decisión. Si bien la resolución de esta controversia no resolvió la gran
pregunta sobre la inocencia o culpabilidad de la acusada, sí establecerá un
golpe de autoridad en contra de la orquestación de montajes televisivos
relacionados a la detención de criminales, los cuales requieren de la retención
ilegal de los personajes acusados de estos delitos.
Sería interesante
saber, y es otra pregunta que tenemos necesidad de hacer, el paradero del que
fuera director de la desaparecida Agencia Federal de Investigación y Secretario
de Seguridad Pública del sexenio pasado, Genaro García Luna, autor intelectual de éste
y otros espectáculos de detención; desafortunadamente, en México los poderosos
suelen quedar sin reprimenda ante sus errores, y conociendo la historia, ésta
no será excepción. Mientras Cassez viaja
en estos momentos rumbo a París y Alejandro Martí, Isabel Miranda de Wallace y demás
acusadores de la francesa cauterizan la úlcera que les provocó el fallo de la
Corte, los presidentes de ambas naciones, Enrique Peña Nieto y François
Hollande, deben haber tomado un gran respiro después de desahogar aquel
escabroso asunto que les heredaron.
Nadie puede dormir tranquilo de este lado
del Atlántico, los problemas de legalidad en el sistema jurídico mexicano no se
escamotearon de la noche para la mañana con esta determinación; es tiempo de
trabajar para buscar procesos penales más transparentes y confiables. Si la
libertad de una "presunta culpable" que tenía más fundamentos de culpa que de inocencia debe ser el precio para que México haga
reformas en el tema de los juicios penales, que ése sea el precio, en la
conciencia de los involucrados quedará.
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