| Boston: Añejos traumas nuevamente descubiertos. (MWDN / Ken McGagh / REUTERS) |
El mundo se ha vuelto loco, o al menos es lo que parece. Mientras en unos lados ocurren ataques terroristas, en otros las tensiones sociales han llegado hasta lo insoportable; mientras unos se amenazan con el Armageddon nuclear a la vieja usanza de la Guerra Fría, otros siguen resistiendo los ataques de su gobierno represor. La situación del mundo pareciera salirse del control de los analistas, historiadores y pensadores; sólo podemos esperar a que estos tiempos encuentren una meseta donde reposarse.
En Boston, lo que era una fiesta del deporte se convirtió en un atentado catastrófico contra el pueblo norteamericano; las viejas heridas del 9/11 que tanto tardaron en cauterizar volvieron a desangrarse con dos aparatos explosivos en el tramo de meta del Maratón de la ciudad. ¿Por qué el pueblo tiene que pagar con su sangre las agresiones de los enemigos del gobierno estadounidense? No debe quedar duda, los enemigos del Estado norteamericano han encontrado en el terrorismo el método más llamativo para manifestarse, y mientras el patriotismo militar de Estados Unidos no pierda esa capacidad para renovarse e hinchar su pecho ante la adversidad, el círculo vicioso no terminará.