 |
| Aaron Rodgers, MVP del Super Bowl XLV (AP Photo/Paul Sancya) |
El Super Bowl debe de ser el evento deportivo más mediático de los Estados Unidos. Por 60 minutos de juego se detiene toda la Unión Americana y diferentes partes del mundo. Por un solo partido, no una serie de siete como en las otras ligas de Norteamérica, se disparan los ratings de televisión, los records de venta en espacios para comerciales, las ventas de cerveza y las movilizaciones de fans hacia la ciudad sede.
De ninguna manera fue excepción lo ocurrido esta tarde en el modernísimo y muy lujoso Cowboys Stadium de Dallas, Texas, en la edición XLV del "Gran Juego". La casa de los Vaqueros recibió a dos equipos que, además de haber sido los que más méritos hicieron en las rondas eliminatorias anteriores, representaban la historia de dos de las franquicias con mayor peso histórico y triunfos específicos de la NFL. Por un lado, la pionera franquicia de los Green Bay Packers, ganadores de tres ediciones del SB, la casa de Vince Lombardi, paradigma mayor entre los entrenadores en jefe, y la vitrina en la que el brazo de Brett Favre forjó su leyenda. Por otro lado, los Pittsburgh Steelers, seis veces campeones del SB, la tierra de la Cortina de Acero, de Terry Bradshaw y receptáculo dichoso de la Inmaculada Recepción.