Hace exactamente un año, el mundo de la música popular se estaba conmocionando con la muerte de una de las cantautoras más importantes de la última década. Los ecos de la noticia aún están presentes en los oídos melómanos de miles de personas alrededor del mundo; las imágenes del cuerpo que en algún momento se hizo llamar Amy Winehouse siendo retirado de su casa en Candem, cubierto por un lienzo rojo, siguen presentes en la memoria de muchos.
Sin embargo, y pese a que las imágenes de su trepidante decadencia física y emocional siguen siendo el referente más inmediato a la hora de recordarla, la verdadera trascendencia de Amy Winehouse debe medirse en su corto pero contundente legado musical: dos discos de estudio, un trabajo póstumo, innumerables sesiones en vivo y sencillos con primeros lugares en listas de popularidad; tres premios Ivor Novello, cinco Grammys, dos nominaciones al Mercury Prize, colaboraciones memorables con otros artistas y los elogios de críticos y fanáticos por igual.
Además de todo lo anterior, la huella de Amy no se queda en su sola presencia entre los mortales; Winehouse definió un cambio en la industria musical de la Gran Bretaña, la cual revitalizó con su estilo retro; desde Nirvana, no había habido un cambio de paradigma tan orientado en el ethos del negocio de la música popular. Ella puso lo vintage en el foco del gusto mundial e incluso lo volvió el canon a seguir, le dio a las cantantes británicas un escaparate para sus talentos que desde la generación de Annie Lennox y Kate Bush no tenían y marcó tendencias con su sentido de la moda y su manera de actuar, inconsistentes y erráticos pero auténticos a final de cuentas.
De todo esto, hay una joya que reluce por encima de todas, el que sería a la postre su último trabajo de estudio, el que marcó el inicio de todo lo dicho anteriormente, el que se volvió el mayor regalo de Winehouse al mundo: su disco insignia, Back to Black (2006). A manera de homenaje, hablaré de este álbum genial, parte de mi Top 20 de Albums.
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