septiembre 05, 2016

Yo Confieso #21: Fugacidad

Karel Dujardin (1626 - 1678).
Niño soplando burbujas.
(Alegoría de la brevedad de la vida).
Óleo sobre tela, 116 x 96.5 cm.
Galería Nacional de Dinamarca, Copenhague.

Durante los últimos días, la fugacidad de la vida me domina, me cuestiona en cada paso y en cada parpadeo; asumida la verdad de que el tiempo nunca será suficiente, no que más que arrancarle con todas nuestras fuerzas los mejores instantes.

Nosotros los mortales, los pensantes, los caducos agotables; nosotros los inventores del tiempo y de los ciclos insistimos en nuestros ocios, en seguir viviendo tomando las cuentas de nuestros pasos por la Tierra y nuestras palabras al viento, infinitas y microscópicas al mismo tiempo.

Sin embargo, no contamos con el hecho impostergable de que algún día y sin esperarlo, nos fugaremos entre las lágrimas de los que nos quisieron, tomando entre sombras los caminos embravecidos del viento. Eso es algo que entre tanta agitación he aprendido.

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Todo este embrollo comenzó un sábado de oficina; saliendo del trabajo caminé la banqueta una avenida de doble sentido rumbo a un centro comercial. Había un sol amplio y pesado, el tráfico era limpio y fluido; aquella calma relativa detonó a unos cuantos metros de mí. Se escuchó un estruendo de lámina y hueso que punzó en el cielo.

Un automóvil sedán color arena había dejado atrás el cuerpo maltrecho de un desafortunado perrito callejero que entre el golpe y el susto temblaba aturdido y con la mirada crispada. Pasaron segundos de una angustia infinita; aún estaba a merced de las máquinas y las llantas. Con el último golpe de sus fuerzas y el impulso de la adrenalina, subió al camellón de aquella avenida para echarse sobre su costado derecho y terminar por fallecer.

Dos parejas se habían acercado al pobre animal sin más que impotencia y desinterés entremezclados. Pude ver cómo el cuerpo del perro temblaba por última vez ante el espasmo de la muerte que lo fulminó. No fui el único que se detuvo ante aquella pequeña tragedia del asfalto; por un momento una decena de personas perdieron segundos de aliento ante la fragilidad de un indefenso antihéroe callejero.

Tardé cinco minutos en recuperar el rumbo hacia el lugar sin importancia al que me dirigía. En mi cabeza sólo estaba aquel desgraciado perrito de la calle que sin deberla ni temerla ahora era parte de la tierra de un camellón o de algún horno infernal en algún basurero de la gran ciudad.

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El lunes siguiente, uno de mis vecinos falleció; tenía cáncer y había sufrido otros problemas importantes. Se fue muy rápido, más de lo que mi madre y otros médicos habían pronosticado. Vivía con su mujer; eran una pareja sin hijos en sus tempranos sesentas sin más compañías que sus soledades y el ir y venir de las familias como flores de abril.

Cuando alguien cercano se adelanta en el camino, el instinto de permanencia se estimula. En casa resurgió la necesidad de poner el mundo en orden, hacer papeleos, realizarse chequeos, planificar el tiempo. Nada es más patético que pensar en los sueños terrenales sin realizar, darse cuenta de lo mucho que se procrastina cuando se vive al día, sin más aspiraciones que sobrevivir el acoso diario de la rutina.

La especie humana es la única consciente de su fragilidad, pero también la única que vive con ambiciones de ser infinita; la mortalidad nos corrompe, nos obliga a huir de ella, pero el trote es inútil, la muerte no espera, sólo llega. Lo único a lo que los hombres podemos aspirar es a una vida, única y corta pero bien vivida.

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El pasado sábado 20 cumplí 28 años de edad; en esta etapa de mi vida, el tiempo es tan corto como la experiencia, pero cada segundo, cada error, cada descubrimiento y cada sonrisa son los mejores maestros a los que puedo aspirar. Mi hermana dice, sin embargo, que he caído en cierto conformismo, pero los planes de mi vida siguen siendo los mismos, aunque tengan formas nuevas y desafiantes.

Aspiro a miles de horizontes hermosos llenos de momentos desconocidos. Cada día estoy aprendiendo algo nuevo, incluso han llegado personas nuevas por las que vale la pena estar. Ante todo, agradezco la vida, la salud y no haber perdido la capacidad de sorprenderme ante la vida, por más rutinaria que ésta sea.

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