Sin embargo, y pese a que las imágenes de su trepidante decadencia física y emocional siguen siendo el referente más inmediato a la hora de recordarla, la verdadera trascendencia de Amy Winehouse debe medirse en su corto pero contundente legado musical: dos discos de estudio, un trabajo póstumo, innumerables sesiones en vivo y sencillos con primeros lugares en listas de popularidad; tres premios Ivor Novello, cinco Grammys, dos nominaciones al Mercury Prize, colaboraciones memorables con otros artistas y los elogios de críticos y fanáticos por igual.
Además de todo lo anterior, la huella de Amy no se queda en su sola presencia entre los mortales; Winehouse definió un cambio en la industria musical de la Gran Bretaña, la cual revitalizó con su estilo retro; desde Nirvana, no había habido un cambio de paradigma tan orientado en el ethos del negocio de la música popular. Ella puso lo vintage en el foco del gusto mundial e incluso lo volvió el canon a seguir, le dio a las cantantes británicas un escaparate para sus talentos que desde la generación de Annie Lennox y Kate Bush no tenían y marcó tendencias con su sentido de la moda y su manera de actuar, inconsistentes y erráticos pero auténticos a final de cuentas.
De todo esto, hay una joya que reluce por encima de todas, el que sería a la postre su último trabajo de estudio, el que marcó el inicio de todo lo dicho anteriormente, el que se volvió el mayor regalo de Winehouse al mundo: su disco insignia, Back to Black (2006). A manera de homenaje, hablaré de este álbum genial, parte de mi Top 20 de Albums.
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