agosto 25, 2011

Fragmento de "El Aleph" de Jorge Luis Borges


Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto rojo (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años, vi en el zaguán de una casa de Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrano no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente de Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que se multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viberbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Jorge Luis Borges (1899 - 1986) fue un escritor, ensayista, poeta, bibliotecario, profesor y traductor argentino, cuyos escritos cambiaron para siempre nuestros conceptos de fantasía, realidad, infinito y temporalidad; se le considera como uno de los máximos responsables de la literatura latinoamericana contemporánea. Un día 24 de agosto de hace 112 años, ayer, uno de los eruditos más importantes que dio América Latina al mundo nació en Buenos Aires.

Su creatividad fue envidiable, producto en gran parte a la ceguera que lo aquejó en la madurez. No hubo tema humano, como diría Terencio, que fuera ajeno a su literatura; Borges fue filósofo, matemático, rapsoda, teólogo, cartógrafo, pulidor de espejos, criador de dobles y forjador de símbolos. Tratar de hablar de la obra de Jorge Luis Borges es un ejercicio complicado que requiere un conocimiento consciente de su trabajo. Yo, al menos, me considero un neófito, por lo que me centraré en el libro al que pertenece este fragmento.

"El Aleph" (1949) fue su colección de cuentos fundamental, perfecta introducción para adentrarse en todo su opus literario. Aquí, encontramos las inquietudes más profundas que Borges trató a lo largo de su trabajo, como las referencias mitológicas, las problemáticas de la trascendencia y la identidad individual, la muerte, los laberintos, las búsquedas de la existencia y el pasado que insiste en estar presente.

El cuento que da nombre a la colección, cuyo fragmento he citado en homenaje a su autor, es un tratado de erudición, elaborado con extremo cuidado y esmero, que nos envuelve en una historia llena de deslices entre realidad y ficción: Una historia de amor, como la de Dante y Beatriz; una disertación literaria entre dos escritores constrastantes; y un encuentro con lo infinito del Universo encerrado en un gabinete abandonado de objetos triviales, el tesoro de la amada donde Borges, como narrador, encuentra la amplitud máxima posible de la visión del Universo.

Debo de agregar a Borges a mi lista de escritores que tengo que leer; aunque "El Aleph" ha sido para mí un buen primer paso, me gustaría volver a leerlo detenidamente.

Borges, Jorge Luis., "El Aleph", Madrid, Biblioteca Borges, Alianza Editorial, 1998. ISBN 978-842-063-311-4.

3 comentarios:

  1. Sabes cuál te interesaría examinar detenidamente: La casa de Asterion, creo que está en ese mismo libro citado.

    Si lo lees, atente a que tendrás que recordar un poco la mitología griega

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  2. Gracias Haikú. De hecho, tengo que detenerme en alguna librería y comprarlo, porque la vez que lo leí lo pedí prestado a mi Universidad. Tengo que tener cuidado, porque me pareció un poco complicado...

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  3. Cuando quieras aquí tienes tu psedo Letrero de cabecera. Saludos

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